
Ciertamente larga se hace la caminata por el magnífico Valle del Chorro y los posteriores bosques de robles hasta coronar el feo Pico Rocigalgo.
La diversidad forestal, incluyendo encinas, tejos, abedules, etc., y plantas aromáticas que dulcificaban el camino, ayudó a superar las visiones de venados muertos que, valga la licencia, nos salían al paso.
Hay también una linda cascada, llamada La Chorrera, donde nos detuvimos a refrescar la vista. Y curiosas paredes con formaciones rocosas delirantes, que sirven a los animalillos para defecar con el mínimo pudor deseable en tales menesteres.
El pico, como digo, es feo de cojones. Y más, debido a las antenas y vallas desplegadas por la zona con aviesas intenciones antiestéticas.
El domingo se subió a los Riscos del Amor. Yo me quedé mirando las musarañas y protegiendo los coches contra las peligrosas cuadrillas de bandoleros que frecuentan la zona. Por tanto, esto tendrán que contarlo otros miembros de la República.
Hemos comido venado hasta el “agotamiento”.
Pero, en fin, ha sido todo muy bonito y provechoso. El tiempo nos ha acompañado y los castillos los hemos visto de lejos. También una o dos iglesias, donde no nos han permitido entrar a rezar, tal vez por el pestazo del Havana Club.