
Doce uvas, metidas en doce campanas de cristal y alcohol, recordaban con su baile frenético y desenfadado que las alturas frescas del planeta siguen esperando la llegada magnífica de unos seres parecidos al hombre, conocidos mundialmente como “lingres caminadores” (Homo iatistanus).
Y el Sol, dueño y señor de lo que vive y se sustenta por esta láctea vía en la que discurrimos, prometió salud y buenos alimentos, perdonándonos temporalmente la cochina ejecución del efecto invernadero, hasta que las nieves perpétuas de la Gran Montaña fueran divisadas por un puñado de ojos e ilusiones, procedentes de una Piel de Toro que navega, por inercia o dejadez, hacia las entrañas de la entropía.
















